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lunes, 20 de agosto de 2012

Las verdades de Chavela Vargas


Por: María Cortina

Noventa y más allá...
“Para los males del cuerpo tenemos a los médicos,
para los males del alma tenemos a Chavela Vargas.”
Lila Downs


La prestigiosa periodista mexicana María Cortina, reportera de guerra y autora de Memoria intacta, envía exclusivamente para Con-Fabulación el siguiente fragmento de su biografía La verdades de Chavela, brillante  testimonio de esa cantante que pertenece a la patria visceral de Edith Piaff, Janis Joplin, El Polaco Goyeneche y otros agudos intérpretes de la desesperación.

Parecía estar convencida de que no llegaría al homenaje. "Se me están acabando las fuerzas", decía. Una y otra vez juraba que ya no estaba para esas andanzas. Pero, dos días antes del homenaje, viajó a la Ciudad de México con el alma en su sitio. Custodiada por sus ángeles guardianes, las enfermeras Liliana Achu-Fan Zamora y Lorena Barrera Jaime, recibió durante todo un día a periodistas, respondió no sé cuántas llamadas telefónicas de España, Colombia, Argentina, Chile, Ecuador. Todo el mundo quería saber cómo se sentía Chavela a sus noventa. Al hotel llega­ron varios arreglos de flores. Dos docenas de rosas enormes de parte del presiden­te de España, José Luis Rodríguez Zapatero y de su esposa Sonsoles Espinosa, y otro más de Felipe González. Gabriel García Márquez le envió una rosa que dibujó en la primera página de Cien años de soledad y le hizo llegar el libro. "Para Chavela, la flor más allá, con todo mi amor", escribió Gabo. ¿Más allá de qué, Chavela? —De todo. De la tierra, del mundo, de la razón. Así ha sido mi relación con Gabo. Una relación más allá del tiempo y de la vida. Durará más allá, donde sea, cuando sea. Lo encontraré más allá.

Al camerino del Teatro de la Ciudad le enviaron un ramo inmenso, también de rosas, de parte del ministro de Exteriores de España, Miguel Ángel Moratinos; una rosa de Pedro Almodóvar, otra de Miguel Bosé, Joaquín Sabina y el resto de sus amigos españoles. No cabía una flor más.

El día anterior, entre una entrevista y otra, decidió que quería salir del hotel. —Quiero saludar a mi ciudad, reconocerla y que ella me reconozca. Hace tiempo que no nos vemos. Hace tiempo que no recorro sus calles ni miro de fren­te al gentío. Mi ciudad, la he echado de menos.

No se le escapó un solo detalle. Desde la calle de Palma hasta el bar La Ópera, sonrió sin interrupción. Miró la ciudad con la ilusión de quien la descubre por primera vez; pero, al mismo tiempo, la invadió la nostalgia. —Sigue ahí, la ciudad que tanto me dio, sus calles, palacios, sus mujeres y   hombres, sus puestos de periódicos, sus aromas y sonidos. Y siguen ahí los mexicanos de rostro y hablado dulce, parece que le cantan al amor cuando hablan. No entiendo por qué hay quien quiere quebrar a México, si sus calles huelen a verdad.

Hay calles que huelen a verdad. 

Al día siguiente, amaneció con ganas de seguirla. Recibió al corresponsal del dia­rio El País y al fotógrafo César Saldívar, su amigo. Por la tarde, regresó a Tepoz­tlán. "Ahora sí, ya cumplí", me dijo, al despedirse con su sonrisa gigante. "Te gané la apuesta", le dije. "Llegaste al homenaje y lo hiciste más viva que nunca." —Ya cumplí. Aquí estamos, a ver qué pasa. Voy a planear mi muerte, eso me divierte. Uno planea su vida, ahora yo voy a planear mi muerte.

Dijo que ya había hecho cuanto quiso hacer en la vida. Que ya nada más le tocaba esperar. Planificar su muerte y esperar. Pero, mientras esperaba, Beto Gómez le propuso grabar una canción para su tercer largometraje, El soldado Pérez, y aceptó sin dudarlo. "Chavela, quiero que cantes el tema de mi próxima película", le había dicho Beto varios meses antes. Y a los 90 años cumplidos grabó "Los dos herma­nos". Se aprendió de memoria una canción que jamás había escuchado y lanzó su voz y sus guitarras a la pantalla grande. Acabó agotada, pero estaba feliz, radiante, arrojaba luz. —Es que me encantan los jóvenes. Y quiero mucho a Beto, tan luchador, tan lindo. Es de las personas que buscan y no se cansan de buscar. Aunque encuentren.

Beto Gómez, autor de Hasta el último trago, corazón, un documental de homenaje a las mujeres que cantan, le dio las gracias a Chavela con uno de los abrazos más prolongados que he visto. —Se le estaban saliendo las lágrimas y creo que no quería que su equipo lo vie­ra. Yo sentí sus lágrimas, sentí su emoción abrazada a la mía. Sentí su satisfacción.

Acabó exhausta. Inconveniente que no la detuvo pues, unas cuantas semanas más tarde, grabó "Piensa en mí" con la singular banda estadunidense Pink Martini, que incluirá el tema en su próximo disco. Fue en un estudio de Tlayacapan, a unos kilómetros de Tepoztlán. Chavela grabó un tema más, por si acaso. Después, festejó con sus guitarristas y el resto del equipo. Y acabó brindando con aguas frescas por la vida, por la juventud y por la música. —Cuando el mundo tiembla, cuando llora, cuando parece que se va a caer, venimos los cantantes a sostenerlo. Los cantantes y los artistas. Brindo por Frida.

Frida Kahlo, siempre piensa en ella cuando hay que brindar por el arte, por el amor, por la amistad. Y, algunas veces, también cuando llora. —Estuve a punto de llorar, reviví todo cuanto he sentido por Frida. A los 90 años siento la fuerza, la intensidad de Frida en mí. Y la mía en Frida. Ella tam­bién me quiso.

En esos días le mostraron la copia de una carta de Frida dirigida a Carlos Pellicer, en la que se revela la inmediata atracción que ella sintió por Chavela. La acababan de encontrar en un baúl, junto con otras cartas y objetos que Frida guardaba. La escribió el mismo día en que se conocieron y en ella se preguntaba si Chavela habrá sentido lo mismo que sintió ella. Acaso, dice Frida al final de la carta, Chavela es un regalo que el cielo me envió. "Eso fuiste para Frida, un regalo del cielo", le comento. —Estuve a punto de llorar el llanto suave de Frida cuando la leí. Solamente dijo eso y se marchó un buen rato al territorio del silencio. Después, me mostró la carta. Y se acordó de otra carta que Frida le mandó un poco antes de morir. —Chavela, yo te nací. Eso me dijo Frida en su carta. Yo te nací, Chavela, recuérdalo siempre. Porque siempre estaré en ti y tú en mí. Y ya ves, sigue en mí. Lás­tima que rompí esa carta. Lástima.

Frida nació a Chavela, y antes lo hizo México y José Alfredo, y su canto, sus brazos abiertos, su decisión de dejar de beber, el reencuentro con su público, El Hábito, un poema de Lorca, Pedro Almodóvar, Manuel Arroyo, España, la España de su corazón, los homenajes, la risa, el mar, los pescadores, sus músicos, sus amigos. A sus 90 años, Chavela Vargas sigue naciendo. Y lo hace sola, como un personaje de teatro, reinventándose día con día. —Ya todo se acabó y yo sigo aquí, eso es lo duro.

Lo dice un día y a la mañana siguiente acepta la propuesta de grabar una nueva canción, recibir un homenaje más, participar en un documental sobre Frida, ser fotografiada en un estudio de luz. O me pide que la ayude a organizar una comida de amigos.

Cinco meses después de su homenaje, decidió grabar la canción "¿Adónde te vas paloma?", que escribió junto con Mario Ávila. Hacía mucho que no la escu­chaba cantar con la voz tan limpia ni con tanta intensidad. Todos los que estuvimos presentes nos quedamos maravillados, absortos, mudos. Entonces, nos explicó: —Mientras canto, hay algo detrás del texto que me envuelve y me desa­parece. De pronto, siento que tengo que frenarme, pero no lo hago. Después de todo, para eso canto, para sentir y hacer sentir. “Tienes un futuro por delante, Chavela", le dije. "Al paso que voy me estaré muriendo a los 105 años", respondió, muerta de risa y después me recordó que había una reunión de amigos pendiente. —Dile a Monsiváis que venga, y al chico aquel que quiere conocerme, trae a Ana Paula y a Sofía, invita a Enrique Strauss, a Eugenia León, Nacho Toscano, a Patsy, a Patricia Gaxiola. Y que venga Monina, su hija. Un día de estos vuelvo a cantar para ti, Monina.

"Gracias, Chavela", le dice Monina y llora el recuerdo de escuchar a Chavela can­tar para ella "Las simples cosas". Justo a unas cuantas horas de que Monina reci­biera el primer tratamiento de su quimioterapia, Chavela le pidió cantando que no se marchara:

Demórate aquí, en la luz mayor de este mediodía,
donde encontrarás con el pan al sol, la mesa servida.
Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples
las devora el tiempo.

De tanto en tanto, canta Chavela "Las simples cosas". La canta o la declama. Y lo hace, ya no para Monina, sino para ella, Chavela Vargas, la que no tiene miedo a morir, la que planifica su muerte, la que le dice a la pelona: "Cuando usted quiera, Señora, le tiendo la mano". La misma que se despide a diario de la vida, no se can­sa de nacer, de renovarse, de crear. —La creación no termina, si uno sigue vivo, no termina. Tengo 90 años y viviré lo que me queda de vida sin que la creación se acabe. Crear es la verdad. Que no se termine nunca la verdad. Eso he querido siempre. "No terminará. No te quedas quieta ni una semana seguida." —Por lo pronto, aquí sigo, pero estoy cansada. Mis manos ya no se abren. De tanto abrirlas, ya no se abren. Sé que pronto me iré.

Chavela....

—Me voy a ir, pero aquí seguiré. Volveré y seguiré dictando las letras y las palabras que se necesitan para escribir un poema. Verás una luz, un atardecer, alguna cosa excepcional verás y sabrás que soy yo. Vamos a seguir conversando sobre la verdad; sobre las verdades de Chavela, donde se juntan la tristeza y el dolor que he vivido, y la ternura también... todo el amor que he sentido por mis amigos, mi público, mis amores. Ve y diles a todos que no me iré.



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