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sábado, 26 de enero de 2013

Compradas, vendidas y abusadas en Yemen


Por: Rebecca Murray · (Aden), Periodismohumano

“Aisha, de 21 años, se aferra a sus dos hijos mientras relata su historia de horror.
Creció en Mogadiscio, la capital de Somalia, donde se enamoró y, hace cuatro años, tuvo un hijo sin haberse casado. Cuando su familia la amenazó de muerte por haber destruido su "honor", escapó.”

La joven se animó a realizar un peligroso viaje con contrabandistas, por el océano Índico hasta Yemen, hacia lo que ella creía sería una vida mejor. En cambio, ahora Aisha y otras cuatro mujeres ocupan ilegalmente una vivienda en el tugurio de Basateen, en la sudoriental ciudad portuaria de Aden. Cada día piden limosna y, a menudo, se prostituyen por dos dólares el servicio. Luego dividen sus magras ganancias con su proxeneta. “Solo quiero ir a un lugar más seguro para mis hijos. En otro país”, suspira Aisha.

Las redes internacionales de tráfico de personas se expanden en Yemen, y con la pobreza como factor clave, las mujeres explotadas sexualmente son las víctimas más vulnerables. Aunque el futuro de Aisha pueda lucir sombrío, su destino es mejor que el de una muchacha etíope de 17 años que falleció sola en un hospital de Haradh, en la frontera entre Yemen y Arabia Saudita. Comprada y vendida dentro de la red de tráfico que opera en todo Yemen, la violaron y golpearon reiteradamente, hasta que murió. Ahora está enterrada lejos de su hogar y el traficante que la asesinó está libre.

“Entre 2011 y 2012 hubo un aumento significativo en el contrabando y el tráfico, así como en los casos reportados de violencia y abusos perpetrados contra recién llegadas”, dijo Edward Leposky, de la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). En 2011, Acnur registró 103.000 nuevas llegadas a Yemen. Se trata del mayor influjo registrado desde que se empezó a documentar estadísticas hace seis años, y Leposky sospecha que en 2012 se produjo un aumento. Se cree que los números reales son muy superiores.

Las mujeres que inmigran, principalmente etíopes y somalíes, a menudo huyen de la pobreza y la violencia reinantes en sus países de origen. Pagan cientos de dólares para llegar a puntos de tránsito en Yibuti o Puntlandia (autoproclamado estado autónomo de Somalia), y también para ser trasladadas a Yemen en peligrosas embarcaciones hacinadas, cuyos trayectos pueden durar entre uno y tres días.

Su objetivo es llegar a estados del Golfo como Arabia Saudita, para allí poder trabajar. Pero en el camino suelen ser violadas por pandillas, asfixiadas por el hacinamiento o tiradas por la borda por contrabandistas, además de tomadas como rehenes por traficantes una vez que llegan a suelo yemení.

“La mayor parte del tráfico que vemos que ocurre aquí es el de quienes llegan del Cuerno de África a Arabia Saudita”, dice Eman Mashour, integrante del equipo antitráfico de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Yemen. “Hay una red. Las mujeres pueden ser severamente explotadas por los traficantes. Las mujeres nos dijeron que a lo largo del camino mantenían relaciones sexuales con los contrabandistas”, plantea la experta.

La confirmación radica en las sombrías conclusiones del estudio “Desperate Choices” (Elecciones Eesesperadas) [pdf en inglés], divulgado en octubre por el Consejo Danés para los Refugiados y la Secretaría Regional de Migraciones Mixtas.
“Las redes delictivas se extienden por Etiopía, Yemen, Yibuti y Arabia Saudita”, según el informe. “Parece altamente probable que estas pandillas tengan contactos en otros países”.

Ciudadanas locales son víctimas del tráfico

Sin embargo, no todas las víctimas del tráfico sexual en Yemen son inmigrantes. Los breves matrimonios entre jóvenes muchachas yemeníes y visitantes de los estados del Golfo (práctica comúnmente conocida como “turismo sexual”) son el resultado de la pobreza entre grandes familias yemeníes, principalmente en las áreas rurales. “Adolescentes de incluso 15 años son objeto de comercio sexual en hoteles y clubes, en las gobernaciones de Sanaa, Aden y Taiz”, plantea el informe 2012 sobre tráfico del Departamento de Estado (cancillería) de Estados Unidos.

“La mayoría de los turistas (que buscan) sexo con niñas y niños en Yemen proceden de Arabia Saudita, y una cantidad más pequeña posiblemente llega de otras naciones de la región. Las muchachas yemeníes que se casan con turistas sauditas a menudo no se dan cuenta de la naturaleza temporaria y explotadora de estos acuerdos, y algunas son sometidas a tráfico sexual o abandonadas en las calles de Arabia Saudita”, agrega.

Leila, una víctima de otra clase de tráfico sexual, tenía 15 años cuando finalmente pudo esconderse en el refugio secreto de una mujer, ubicado en un tranquilo barrio de Sanaa. Golpeada por su familia, Leila había escapado de su casa dos años antes, y vivía en las calles. Pronto una mujer mayor la recogió, llevándola a un burdel del vecindario. Allí, las muchachas eran fotografiadas manteniendo relaciones sexuales como chantaje para hacer que se quedaran, les daban drogas y las obligaban a atender clientes por las noches. La mujer se embolsaba el dinero que les pagaban.
Leila y la mujer que trabajaba como su proxeneta fueron arrestadas justo cuando Leila estaba por ser traficada a Arabia Saudita. Luego Leila pasó dos años en prisión por su “delito”. Su familia la repudió, acusándola de destruir su honor, y su hermano la amenazó de muerte.

Cuando personal de la Unión de Mujeres Yemeníes visitó la cárcel, Leila supo que existía el pequeño refugio de mujeres, una rareza en Yemen, y fue uno de sus primeros casos. Con ayuda psicológica y trabajos prácticos se le fueron pasando los días, y se quedó en el refugio hasta que el personal resolvió la disputa familiar.

El Código Penal de Yemen prevé 10 años de prisión para quienes participan en la compra o venta de seres humanos. Aunque reconoce la actual crisis política en el país, el informe del Departamento de Estado enfatiza que en 2012 faltaron esfuerzos gubernamentales para contrarrestar el tráfico.

“El gobierno de Yemen no fue capaz de brindar datos sobre la aplicación de la ley para contribuir con este informe, y tampoco instituyó procedimientos formales para identificar y proteger a las víctimas de tráfico o tomar medidas para abordar el tráfico con fines de explotación sexual comercial”, señala.

Nicoletta Giordano, directora de las actividades de la OIM en Yemen, alertó sobre la inactividad. “Hay un floreciente negocio de contrabando y tráfico. Es un negocio internacional… Muchos países occidentales se centran en los asuntos de la piratería, y la atención (que se debería dedicar) al contrabando y el tráfico quedan a mitad de camino”, dice. Sería de interés para todos los países involucrados adoptar un enfoque más integral sobre el manejo de fronteras, para dar asistencia y protección a quienes las necesitan y para hacer frente a quienes puedan plantear una amenaza, según Giordano.

* Los nombres de las víctimas de tráfico sexual fueron cambiados para proteger sus identidades.


   
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Reaprender a amar


Por: Florence Thomas

A propósito del 25 de noviembre, día internacional de la no violencia en contra de las mujeres, una tarea imprescindible es la de reaprender a amar. Si no logramos convencernos de que, aun en el más grande de los amores, nadie pertenece a nadie; si no nos preparamos a soportar y cargar frustraciones, celos y pérdidas, seguiremos presenciando los mal llamados crímenes pasionales que acaban con la vida de miles de mujeres y envenenan la existencia de niños, niñas y familias enteras.

Y digo "mal llamados", porque un crimen pasional es, ni más ni menos, un homicidio y, más exactamente, un feminicidio; o sea, uno de los crímenes más viles que existen y que, con esta denominación, pretende atribuirlo a un desbordamiento de amor; es decir, a una pasión amorosa: "la amaba tanto que la mató"...

Cuántas veces hemos oído esta frase, que busca disculpar a hombres cegados ante la pérdida de un amor -una pérdida que, muy a menudo, en una cultura tan patriarcal como la nuestra, se traduce en la pérdida de control sobre una mujer-, ante una infidelidad real o imaginada, ante la imposibilidad de reconocer que el famoso "siempre tú, sólo tú y nadie más que tú" o "si no es mía, no será de nadie" son solo mitos que circulan todavía en redes simbólicas como desafortunados temas de boleros, baladas, rancheras, tangos o telenovelas, produciendo estragos incalculables.

Sí, todos y todas, nosotras y ellos, tenemos que reaprender a amar, sabiendo además que este camino de saber decir adiós a un amor, saber separarse bien, probablemente con nostalgia pero sin rabia y sin odio, es diferente para nosotras y para ellos.

Claro, para los dos, tal vez la primera lección que deberíamos aceptar es que el amor es nómada, aventurero e imprevisible. Encerrarlo, enjaularlo sirve para una sola cosa: para matarlo. El amor no se deja domesticar y el día que nos enamoramos, que tomamos este enorme riesgo de amar, deberíamos recordar que el amor existe por su mismo carácter insaciable y móvil.

Así es, y esto es justamente lo que nos embriaga cuando caemos bajo su implacable poder. Miles de novelas de la literatura universal, miles de grandes películas, miles de obras de arte están allí para recordarnos este hecho. Sin embargo, no lo hemos podido aceptar aún.

Ahora bien, en el amor, el lugar de las mujeres y de los hombres es distinto. Para las mujeres se trata de lograr ser amadas, ser deseables y así calmar y colmar todas las carencias y cobrar a la vida lo que está no pudo darles a tiempo; entonces, para ellas la pérdida de amor es una prueba desmesurada en relación con su imagen identitaria, con su narcisismo: no fue capaz de retener el hombre que ama. Y es la depresión. Las ganas de morir.

Para el hombre que encarna una masculinidad hegemónica, cuando su amor se le escapa, las ganas que tiene no son las de morir, sino las de matar, real o imaginariamente, porque durante siglos para ellos el amor y el poder han estado tradicionalmente ligados. Y cuando pierde poder, pierde el control y esto representa aun un insoportable social porque, para la cultura patriarcal, las mujeres son objetos apropiables. "Es mi mujer. Mía. Me pertenece. Soy su hombre y no puede haber otro". Y no estoy inventando nada. Son frases corrientes de hombres autores de feminicidios. Sí, urgente reaprender a amar.

Reaprender a amar sin ansias de posesión debería ser un propósito para todas, pero sobre todo para todos; tal vez así empezaríamos a bajar las aterradoras cifras de feminicidios.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

   
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Al 'Vice', con cariño


 Por: Florence Thomas

Hace unos años, cuando me encontraba tratando de reencontrar el hilo -algo perdido- del diálogo con mi cuerpo, escribí una columna sobre el valor del cuidado de sí mismo. Y hoy quiero retomar este tema a propósito de Angelino Garzón, quien está seguramente aprendiendo, como yo hace unos años, a dialogar con su cuerpo; un cuerpo que le acaba de recordar que la fragilidad siempre termina por caracterizar la condición humana.

No somos invencibles, pero sé que asumir esta fragilidad ha constituido una tarea difícil para los hombres, pues no ha sido precisamente una cualidad de la masculinidad tradicional. El cuidado de los otros, de las otras y de sí-mismo y sí-misma, ha sido secularmente un oficio asignado y asumido por mujeres. Ellas lo están transformando en una apuesta por la vida y convirtiéndolo en una reserva ética, que hoy comienza a reconocerse como patrimonio de la humanidad.

Esta asignación en relación con el cuidado de la vida nos permitió probablemente permanecer alejadas del poder, que contamina la existencia de muchos hombres, de esta adicción a los beneficios o mieles del poder, que tantas veces se transforman en venenos y maleficios.

Angelino: confieso que tengo dificultad para entender estas ataduras que terminan por cegarlos -hablo de muchos hombres cercanos al poder- en relación con lo que hace la vida soportable y los lleva a restringir el mundo de la existencia al universo del trabajo. Y lo que más me sorprende es que cuando se les pregunta por qué no perciben o divisan otra vida posible, casi todos responden desde un extraño mesianismo: que es para servir al país, como si uno fuera único o irremplazable en la función laboral que ocupa.

Ahí está tal vez la diferencia entre el poder masculino y la autoridad femenina. Y me pregunto, entonces, señor Vicepresidente, si a veces no le entra ganas a ver una buena película a las tres de la tarde -yo sí voy a cine a menudo a la una de la tarde, sola; salgo a las 2:30 de la sesión, me tomo un buen café leyendo el último número de la revista Arcadia, para llegar a mi casa tranquilamente a las 4:30 p.m. y retomar mi vida laboral-.

Angelino: ¿qué sentido puede tener la vida si uno no ha tenido el tiempo de leer La mancha humana, de Philip Roth, o Memoria por correspondencia, de Emma Reyes?; ¿cómo sobrevivir si no hay vida para los y las amigas, para cocinar escuchando una ópera a todo volumen o para ir al teatro?; ¿dónde queda el derecho a la pereza para aprovechar una mañana bogotana, gris y lluviosa, tomándose el tiempo de desayunar en la cama conversando sin afán con su compañera de vida, su esposa Monserrat, disfrutando el aroma del primer tinto?

Claro, hace tiempo que nosotras las mujeres entendimos que la vida no es una prioridad en los despachos del poder. Y confieso, querido 'Vice', que en este sentido usted me decepciona.

Al parecer, los hombres de izquierda, en su relación con la vida, no se diferencian mucho de los de la derecha. Por eso, Angelino, no se niegue hoy la posibilidad de un viaje hacia dentro de sí mismo que le permita descubrir el sentido de la vida de cada ser y encontrar que la política no se hace solo desde los despachos del poder tradicional; a veces es necesario dar lugar a lo silenciado por la cultura patriarcal durante tantos siglos de hecatombes guerreras. Señor Vicepresidente: trabaje si esto es lo que más desea, pero no se olvide también de que hoy podría vivir, simplemente vivir. Ha hecho ya mucho por el país y lo queremos por su legado progresista; por eso, en esta columna quiero recordar un grafiti de mayo del 68, que siempre me ha gustado mucho y que hoy quiero dedicarle: 'La vida está allende'.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

   
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Sana decadencia del reinado de belleza


Por: Florence Thomas

En octubre de 1999, exasperada por las páginas de los diarios llenas de noticias relacionadas con las medidas de las reinas de belleza de los departamentos colombianos, envié a EL TIEMPO lo que sería mi primera columna editorial. Y si recuerdo hoy esto, ad portas del Reinado de Belleza de Cartagena, es porque no puedo dejar de notar grandes cambios en la percepción de este evento en nuestro país.

Recuerdo muy bien que, cuando llegué a Colombia, hace 45 años, seis meses antes del certamen varias páginas de los diarios del país se ocupaban exclusivamente de las medidas del busto y de la cintura de estas mujeres, que se prestaban a dejarse medir tal cual ganado para una feria. Estos acontecimientos revestían una importancia que a menudo opacaba las noticias del acontecer político del momento.

Saber que la señorita Antioquia, digamos, estudiaba psicología o comunicación social, medía un metro con 70 y su busto, 61 centímetros, se convertía en un acontecimiento nacional. Nos contaban su vida, nos aseguraban, o más exactamente nos dejaban entender, que era virgen y que su papá estaba feliz de tener una hija tan bella, que de pronto iba a poder casarse bien, es decir, con el hijo del gobernador o de un finquero rico -vuelvo a precisar que hablo del año 1967-.

Y sí, las cosas han cambiado. Porque si, para entonces, las noticias señoriales ocupaban cuatro páginas completas en los diarios, en el momento de mi primera columna, en 1999, se habían reducido ya a una o dos páginas interiores, eso sí, impregnadas por la estética mafiosa al estilo de "sin tetas no hay paraíso", que se tradujo en cirugías estéticas que cambiaban narices, bocas, traseros y bustos a estas niñas-mujeres que se dejaban manosear.

En efecto, en el momento de mi primera columna, casi todas las candidatas se habían vuelto muñecas siliconadas e intervenidas, tan iguales entre sí y dispuestas a asumir esta insoportable fragmentación de su ser como persona integral. Y hoy, finalizando octubre, y tal vez aparte de la Revista Cromos, que leo solamente cuando voy a la peluquería, no sé nada de las reinas de belleza, ni de si ya llegaron o están por llegar a Cartagena. Y si esto es así, es tal vez porque el acontecimiento está tomando el lugar que merece, es decir, el de un simple evento más en las fiestas novembrinas de la Heroica, que en últimas no ha sabido adaptarse a las imágenes y códigos de la belleza contemporánea, ni a las nuevas referencias estéticas movilizadas por las redes sociales.

Dichas propuestas, es importante anotarlo, no son radicalmente diferentes de las anteriores, sino simplemente menos provincianas que las de un evento estancado en representaciones trasnochadas de la feminidad y de lo que significa ser mujer hoy. En ese sentido, esta decadencia del certamen cartagenero no representa, tal como lo hubiéramos soñado, un indicador positivo de modernidad y desarrollo del país.

Simplemente, las referencias de la belleza son hoy más complejas y tal vez más fragmentadas y circulan desde una ambivalencia que el reinado no fue capaz de captar. Esta complejización, que se asemeja a la figura de un caleidoscopio y a sus ópticas diversas, la debemos en parte a la lucha de las mujeres y a los aportes del feminismo.

Sin embargo, cabe preguntarse si esta globalización de los modelos que hoy circulan, por ejemplo en la trasescena de los realities televisados, significa un cambio de paradigma en relación con la manera en que la sociedad se representa el cuerpo femenino como escenario de nuevas maneras de asumirse mujer. Siempre será sana la decadencia de los reinados de belleza; de lo que no estamos seguras es de si en este proceso hemos avanzado realmente hacia una propuesta más coherente con un mejor vivir para las mujeres colombianas.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad


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“Las mujeres indígenas tienen las leyes a su favor, pero sigue el acoso político”


Por: Franz Chávez (La Paz), periodismohumano

“Las bases legales de derechos y acceso a oportunidades ayudaron a emerger un fortalecido liderazgo de las mujeres indígenas de Bolivia, pero aún queda un largo trecho para su aplicación práctica y la eliminación del frecuente acoso político masculino, coinciden analistas y activistas.”

La Constitución Política del Estado, promulgada en febrero de 2009, incluyó un total de 26 artículos a favor de las mujeres y concedió derechos civiles, de género, equidad social, e igualdad de condiciones con los varones.

Un estudio gubernamental presentado en julio de aquel año, señaló que “del 60 por ciento de la población que se encuentra en la extrema pobreza, 37,7 por ciento son indígenas y mujeres”.

Los datos del censo realizado en octubre de 2012 aún están en proceso, pero en el de 2001, más de 60 por ciento de la población declaró su pertenencia a un pueblo originario, en un país que en 2010 tenía 10,4 millones de personas según proyecciones oficiales, 50,1 por ciento del total, mujeres.

En este contexto, la presencia de lideresas indígenas en organizaciones sociales que habitualmente eran dirigidas por hombres, en funciones municipales y gobernaciones departamentales “es un poder emergente”, resumió a IPS la oficial del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), Verónica Tejerina.

“Los espacios de poder tienen más presencia de mujeres indígenas podemos mencionar su participación en el gabinete de ministros, en las bancadas de diputados y senadores donde expresan su diversidad cultural”, describió a IPS la responsable del Programa de Incidencia de la Coordinadora de la Mujer, Mónica Novillo.

La representante de la organización que integra a 26 agrupaciones, 12 de ellas nacionales y cinco representativas de las indígenas, recuerda que en dos gabinetes del presidente Evo Morales, entre 2010 y 2011, las mujeres consiguieron la paridad plena con los ministros varones.

“Nosotras hemos parido este proceso de cambio y lo vamos a defender”, declaró a IPS la quechuahablante Juanita Ancieta, ejecutiva nacional de la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia Bartolina Sisa.

La lideresa que surgió de las lides de las cultivadoras de coca del Chapare, en la zona central de Bolivia, se declara seguidora del presidente Morales, del que destaca el haber impulsado la Constitución que declara al país como un Estado plurinacional y reconoce 36 grupos etnolingüísticos con derechos de pueblos originarios.

De ellos, los quechuas son los que tienen mayor población, seguidos de los aymaras, los chiquitanos, los guaraníes y los moxeños.

Ancieta también resalta de la labor del aymara Morales la aprobación de leyes en favor de la participación de la mujer en la política, la asignación de una bonificación a las mujeres en estado de gestación, entre otras conquistas sociales.
“Llegó la oportunidad de defender nuestros derechos y romper la discriminación que no dejaba que participemos de las decisiones”, dijo a IPS la guaraní Carmen Cruz, responsable de Género del Consejo de Capitanes de Chuquisaca.

La lideresa nació en Monteagudo, una región del sureño departamento de Chuquisaca dominada por terratenientes a los que llaman “patrones” y con familias indígenas que viven en la extrema pobreza, por el despojo de sus tierras y escasas oportunidades económicas.

Cruz representa a 10.000 mujeres que habitan en 82 comunidades y con ese respaldo consiguió ingresar en filas dominadas por los capitanes, una jerarquía en la dirigencia indígena masculina, y ahora proyecta una ley dirigida a proteger a las mujeres en ejercicio de la representación comunitaria.

En Montecristo, una comunidad chiquitana del suroriental departamento de Santa Cruz, la dirigenta Beatriz Tapanaché relata  una historia de acoso político.

Por mandato de las comunidades de esta región de cálidas llanuras, Tapanaché fue elegida legisladora departamental, por voto popular. Pero ante su resistencia a apoyar la las propuestas de los partidos de derecha, dominantes en la Asamblea regional, se determinó su destitución en mayo de 2012.

Con 30 años en la lucha de los pueblos indígenas y fundadora de varias organizaciones, aseguró que “las mujeres tienen las leyes a su favor pero el acoso político es un cuello de botella en varios sectores”.

“Cuando ven un liderazgo formal femenino que hace sombra a otro líder varón, nos limitan, aunque igual estamos tratando de ser visibles. Hemos avanzado en un 50 por ciento, pero es una lucha que continúa”, concluyó.

Desde la Coordinadora de la Mujer, Novillo respalda la preocupación de esa lideresa indígena y describe que existen “situaciones penosas de acoso y violencia para mujeres que ejercen cargos públicos”.

Como ejemplo, recuerda el asesinato el 19 de junio de 2012 de Daguimar Rivera, concejala del municipio de Guayaramerín, en el norteño departamento de Beni.

La representante de la agrupación ciudadana Primero el Beni recibió dos disparos de arma de fuego pocos días después de denunciar una administración irregular en el municipio de su ciudad.

El 13 de marzo de 2012, la concejala del municipio indígena de Ancoraimes, en el central departamento de La Paz, la aymara Juana Quispe, fue hallada muerta. Al menos en dos oportunidades denunció ante la justicia amenazas y abusos de autoridades municipales, pero sus quejas no fueron escuchadas.

En mayo de 2012, el presidente Morales promulgó la Ley contra el Acoso y Violencia Política hacia las Mujeres, que incluye sanciones de privación de libertad de dos a ocho años.

Tejerina, la responsable de Protección de la Niñez Indígena de Unicef, comenta que para apuntalar la legislación de respaldo a la mujer y su participación en el ámbito del poder, se debe promover una mayor capacitación, para así ayudar a poner en práctica las normas. “Hay que trabajar en el empoderamiento de las lideresas”, subrayó.

Desde Monteagudo, Cruz coincide en la importancia de impulsar la formación en la aplicación de la legislación y hace un llamado a la unidad de las mujeres “sin mirar el origen de las personas” y junto con los hombres “para acabar con la discriminación”.

Novillo explica que la Coordinadora de la Mujer junto a 12 organizaciones de mujeres, trabaja en incluir la visión de las mujeres en toda ley o norma en proceso, “en una sociedad que es patriarcal y machista en todo ámbito”.


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Invisibles, ¿una vez más?


Por: Florence Thomas

Tengo una duda estructural sobre las buenas noticias que vienen con la euforia de la paz: no hay mujeres en la mesa de negociación. Y no se trata de un simple detalle, como pudieran pensar quienes no se han dado cuenta de que el oscurantismo de siglos precedentes ya no tiene lugar hoy. Por ello, muchas voces se han levantado en diversos lugares para expresar su extrañeza ante una mesa de negociación conformada, en pleno siglo XXI, exclusivamente por varones.

No obstante, quiero mencionar que, en general, las mujeres sentimos una profunda emoción con la determinación de nuestro Presidente para encaminar al país en la ruta de la paz y en este sentido apoyamos su decisión de poner fin a más de 50 años de guerra en nuestro territorio. Una guerra cuyos estragos han afectado de modo diferencial a la población y particularmente a las mujeres colombianas. Porque si bien en las guerras, todos y todas, hombres y mujeres, perdemos, hoy sabemos que no perdemos del mismo modo. Es que nuestros cuerpos y nuestras vidas están marcados por la cultura de manera incomparable. Habitamos el mundo desde otra mirada y nuestra invisibilidad aún se repite en la práctica.

El día del lanzamiento de la Política Nacional de Equidad de Género, el Presidente reconoció en su discurso este hecho y afirmó: "Las mujeres tendrán un rol protagónico en el proceso de paz". Sin embargo, ninguna mujer está presente en este primer grupo de cinco negociadores nombrados por el Gobierno Nacional. Y son muchas las que hubieran podido ser consideradas para hacer parte de esta mesa y aportar lo que han aprendido en estos interminables años de guerra.

Puede que sea tarde para enmendar este hecho, pero quisiera nombrar a algunas de ellas que he tenido la oportunidad de conocer en estos 45 años de colombianeidad mía: todas mujeres que he admirado por su valor y su constante trabajo ante los estragos del conflicto armado; todas mujeres que no han dudado un minuto para hacer oír sus voces o hacer conocer sus trabajos en pro de una posible paz.

Y si esta columna no sirve de nada, quiero decir, si no sirve para que nuestras voces estén presentes en este primer grupo de negociadores, que se convierta por lo menos en un pequeño homenaje a mujeres que hubieran merecido estar a la par con cualquiera de estos hombres escogidos por el Presidente.

Sin orden ninguno, nombraré algunas de ellas: Patricia Buriticá, Ana Teresa Bernal, María Eugenia Vásquez, María Emma Mejía, María Emma Wills, Magdala Velásquez, Piedad Córdoba, Martha Nubia Bello, Eulalia Yagarí, Cecilia López, Viviane Morales, alguna mujer de la Ruta Pacífica, o de la Iniciativa de Mujeres por la Paz, o de las que han trabajado sin descanso en la Mesa de Mujeres y Conflicto Armado, o, por qué no, mujeres excombatientes, mujeres reinsertadas que tienen tanto para enseñarnos en relación con la guerra. Y faltan muchas en esta muy corta lista.

Este país está lleno de mujeres que saben de paz porque han sido, muchas de ellas, hechiceras de una cotidianidad que no podía estancarse en medio de las peores condiciones bélicas, hechiceras y constructoras de herramientas de contrapoder que han tenido que aprender para sobrevivir en este mundo patriarcal que sigue negando una humanidad sexuada y se rehúsa a ver el mundo completo.

Ya sabemos que la democracia sin las mujeres no va; en consecuencia, es ya un deber ineludible demostrar que las ciudadanas tienen hoy un lugar visible en el proceso de paz que todos y todas anhelamos.

* Coordinadora del Grupo Mujer y Sociedad

Tomado de: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12253042

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Ni machista ni ¿feminista?

Por: María de Jesús Méndez

¿Quién quiere ser feminista? Horror. Es tan malo como ser lesbiana. Las feministas son feas, raras, resentidas, se quejan por todo y odian a los hombres. No, gracias. Es demasiado antiestético.

Y si a alguien le queda alguna duda, por esto de la deuda histórica hacia aquellas que han dado su vida para que consigamos derechos, no tiene más que leer las declaraciones de algunas mujeres hermosas, exitosas, famosas y millonarias. Como la cantante y ex primera dama francesa, Carla Bruni, quien aseguró a Vogue que en su generación no hay necesidad de ser feminista, que ella es burguesa, que le gusta la vida en familia y adora tener un marido. Como si fueran mundos opuestos.

A fines de noviembre, cuando Katy Perry recogió el premio Mujer del Año que le entregó la revista Billborard, no encontró nada mejor que decir: “no soy una feminista, pero creo en la fuerza de las mujeres”. Lady Gaga es otra cantante que dice no considerarse feminista, y su razón es que adora a los hombres y la cultura masculina de cerveza, bares y coches.

A favor de la mujer pero desmarcándose del feminismo se encuentran otras como Demi Moore, Taylor Swift, Maribel Verdú y Juliette Binoche, quien asegura que el debate es aburrido y es una forma estereotipada de pensar.

Peligroso. Injusto. Tanto que hasta duele. Que sean justamente las mujeres las que renieguen de esta madre coraje que es el feminismo, de esta señora de piel gruesa con dolores en la cadera de tanto andar, y que sigue caminando. Esta madre que nos ha adoptado a todas, sin distinción, que nos ha lavado la cara y nos ha mandado a estudiar, a formarnos. Que nos ha dado herramientas, nos ha enseñado a decir que no, y nos ha susurrado con firmeza al oído que podemos hacerlo todo. Que somos iguales. Cría cuervos.

Peligroso. Injusto. La facilidad con la que muchas mujeres lesbianas y heterosexuales afirman en la actualidad que no son machistas, faltaría más, pero que tampoco son feministas, como si se tratara de la misma ideología vestida con diferentes ropas. Como si se tratara de un pensamiento intolerante que por un lado lleva pantalón y por el otro vestido.

El machismo es una lacra social que el diccionario de la Real Academia define como “Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres”. El feminismo es el “movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres”. Igualdad, no superioridad. Tampoco prepotencia.

Hoy no declararse feminista es una irresponsabilidad con el entorno, con nuestro pasado, nuestras oportunidades y, sobre todo, una irresponsabilidad con nosotras mismas.

El que hombres y mujeres tengamos las mismas oportunidades de acceder al Iphone 5 y elegir representantes NO ES IGUALDAD REAL. Vivimos en una sociedad donde las acciones de violencia a la mujer tienen distintos tamaños y se manifiesta desde focos dispares y múltiples.Una sociedad donde un sacerdote puede publicar que la violencia machista es culpa de las mujeres, que cada día están más arrogantes y autosuficientes; donde sólo gracias a la presión internacional cuatro países accedieron a enviar representantes femeninas a los Juegos Olímpicos 2012. Donde en muchos casos los hombres ganan más que las mujeres por realizar los mismos trabajos, donde dos tercios de la población analfabeta es femenina, donde el 90% de las fuentes y expertos citados en los medios de comunicación son hombres, donde millones de mujeres son vendidas, violadas, quemadas, explotadas y asesinadas cada año.

Pero no, ¿quién quiere ser feminista? Es más fácil caminar por inercia que reconocer el poder, el amor y la fuerza de esa madre que nos ha dado todo para que yo pueda estar escribiendo esto. Y tú puedas estar leyendo. 


   
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Repensar el amor


Por: Florence Thomas

Según un informe de la Superintendencia de Notariado y Registro, durante los seis meses de este año los divorcios subieron un 26 por ciento en relación con el primer semestre del año 2011. Una mala noticia y una verdadera catástrofe para aquellos que argumentan el fin de la familia tradicional e invocan consecuencias nefastas para la sociedad.

No tan mala tal vez para muchos hombres y mujeres que están pensando que el amor y la convivencia amorosa no tienen que ser una maldición o un castigo que habían aprendido a aguantar nuestras abuelas pretextando el bienestar de sus hijos e hijas desde argumentos de corte religioso que predicaban un matrimonio para toda la vida.

Y bueno, las cosas han cambiado. Gracias a los aportes del feminismo y de la revolución pacífica y silenciosa de las mujeres, ellas están reinventando poco a poco pero imprescindiblemente su lugar en el amor. Y por supuesto, también están aprendiendo que la vida no es un largo camino de espinas.

El amor que merecemos todos y todas, hombres y mujeres, es aventurero y la convivencia difícil y muy lejana de los grandes imaginarios occidentales que siguen circulando en muchos materiales de nuestra cultura.

En efecto, el amor continúa representando este sueño ancestral de fusión alimentada por la idealización imaginaria de un otro soñado a la medida de nuestras propias carencias. Sin embargo, hoy todos y todas somos mutantes en el amor.

Durante las últimas décadas, las mujeres han cambiado y hoy desean y hablan desde otros lugares, dejando así de ser mujeres eternamente fantaseadas por los hombres. Y esto significa, ni más ni menos, que estamos aprendiendo y aceptando paulatinamente que para amar es quizás necesario renunciar al sueño fusional del "dos en uno" y a la nostalgia de ser uno solo que, en una cultura androcéntrica, no dejaba duda sobre cuál de los dos había sido consumido en un acto que se parecía más al canibalismo que a nuestras ideas actuales del amor.

Boleros, tangos y baladas, telenovelas, comerciales, revistas femeninas y expresiones de nuestro idioma están todavía ahí para recordarnos todos los viejos imaginarios del amor. ¿No es que las mujeres "se tienen, se toman, se conquistan y finalmente se comen"?

Tenemos hoy que sepultar el dos en uno, sepultar la fusión y dar paso a una nueva ecuación: hoy en el amor, y desde lo que generó la revolución de las mujeres, tenemos dos sujetos autónomos y libres, diferentes e iguales cuando diferencia e igualdad no son conceptos antitéticos sino paralelos que remiten a debates distintos. Estoy hablando entonces de dos soledades que para encontrarse y unirse deben primero existir separadamente.

Para las mujeres, esto equivale a construir muros de contención subjetiva, trazar límites, porque solo puede existir reciprocidad y receptividad de un otro a partir de una oscura certeza y afirmación de sí. Solo desde el propio reconocimiento puede llegar uno a reconocer al otro, a la otredad. Solo desde la separación, que es, en este caso, exactamente lo contrario de la fusión, hay posibilidad de encuentro como nos lo recordaba Luce Irigaray en su Ética de la diferencia sexual.

Sin duda, estas nuevas éticas del encuentro amoroso representan aprendizajes lentos, pero constituyen una buena explicación para entender el aumento de los divorcios y generar urgentemente debates sobre nuevas maneras de amar. Y más hoy, en tiempos de anuncios de una paz que no puede ser solo el silencio de la armas.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

Tomado de: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12213603


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